Nuestro cuerpo y nuestra mente están profundamente conectados. Cuando sentimos una emoción, nuestro cuerpo la siente también.
Si sentimos vergüenza, por ejemplo, nos sonrojamos, sentimos un escalofrío, nuestros músculos se tensan y nos paralizamos.
Si sentimos estrés —tan común hoy en día— nos tensamos, nos duele la cabeza, se nos revuelve el estómago y, si se mantiene mucho tiempo, nuestras defensas bajan y enfermamos.
Necesitamos que nuestro cuerpo reaccione para darnos cuenta de lo que nos pasa y actuar en consecuencia. Pero —y aquí viene el problema— si la situación se prolonga o si la emoción no puede expresarse y se bloquea, el efecto en el cuerpo va empeorando.
Entre los síntomas psicosomáticos más comunes se incluyen:
Dolores de cabeza
Molestias digestivas
Palpitaciones
Tensión muscular
Fatiga
Mareos
Problemas cutáneos
Alteraciones del sueño
Estos síntomas pueden generar mucha confusión y preocupación. Es habitual acudir a numerosos especialistas médicos antes de identificar que el origen puede ser emocional.
La terapia psicológica nos ayuda a comprender qué hay detrás de esas señales del cuerpo.
En consulta trabajamos en:
Identificar y expresar las emociones que están generando las molestias físicas.
Explorar las situaciones que provocan esas emociones y aprender a gestionarlas.
Aliviar los síntomas físicos desde su raíz emocional.
Recuperar un mayor equilibrio entre mente y cuerpo.
El objetivo no es solo reducir los síntomas, sino comprender el origen del malestar y abordarlo de manera profunda y respetuosa.
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