Todos sentimos miedo ante ciertas situaciones, es una emoción natural y necesaria que nos protege frente al peligro. El miedo nos pone alerta y nos ayuda a evaluar si nos tenemos que alejar de una situación dañina o si nos conviene afrontarla y echar mano de nuestros recursos.
Sin embargo, el miedo también puede volverse excesivo e incontrolable, y puede que no seamos capaces de afrontarlo. Es el caso de la fobia, un trastorno de ansiedad caracterizado por el miedo intenso e irracional hacia un objeto, animal o situación específica, que no supone un peligro real o proporcional al temor que produce.
Las fobias pueden ser muy variadas: existe la fobia a volar, a las alturas, a un animal, a los espacios cerrados… Aunque la persona sepa racionalmente que no hay un riesgo real, la reacción emocional y física (pánico, taquicardia, sudoración, parálisis, etc.) es tan fuerte que puede llevarle a evitar esa situación y a limitar su vida diaria.
Imagina a alguien con miedo a volar.
Cada vez que piensa en coger un avión, le invade el miedo, le sudan las manos, se le acelera el pulso y se le pasan por la cabeza los escenarios más aterradores (“¿y si el avión se estrella?”).
Aunque le encanta viajar y descubrir nuevos sitios, puede que se sienta incapaz de afrontar su miedo.
Fobias específicas: Miedos intensos y persistentes hacia un objeto o situación concreta, como a un animal (arañas, avispas, perros, etc.), a las agujas, las alturas o a un medio de transporte.
Fobia social (trastorno de ansiedad social): Miedo intenso a ser juzgado o evaluado negativamente en situaciones sociales. Si quieres saber más, puedes leer el apartado sobre ansiedad social.
Agorafobia: Miedo a encontrarse en lugares o situaciones donde la persona siente que no podrá escapar o pedir ayuda si le ocurre algo o si sufre un ataque de ansiedad.
Puede que evite el centro comercial, los autobuses, los espacios abiertos o las multitudes.
La buena noticia es que las fobias se pueden tratar.
En terapia ofrecemos un espacio seguro donde:
Comprender el origen del miedo.
Cuestionarlo y reducir su intensidad.
Enfrentarse poco a poco a esas situaciones de manera acompañada.
Así, la persona recupera la confianza y descubre que sí puede afrontar lo que antes parecía imposible.
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